Irene Azuela: Exorcizar a Mamá Elena para seguir viviendo después de 'Como Agua Para Chocolate 2'- ENTREVISTA

Hay personajes que se quitan con el vestuario y otros que se quedan pegados al cuerpo, como lo hace en la boca la cajeta espesa tradicional de Tita en Como agua para chocolate. Para Irene Azuela, despedirse de Mamá Elena no fue solo el final de una jornada de rodaje, sino la necesidad urgente de un exorcismo emocional.
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"Necesitaba salir, ponerme un bikini, subirme a una moto, lanzarme en paracaídas, algo que me distanciara completamente de la amargura que vive este personaje en sus últimos días", me contó la actriz que encarna a la matriarca más temida de la literatura mexicana. La escena final no fue un alivio inmediato. Y es que, como lo ha hecho a lo largo de la icónica serie de HBO, Elena de la Garza no se va sin pelear.
En la segunda temporada de Como agua para chocolate, cuyo primer capítulo se estrenó el domingo 15 de febrero, Azuela vuelve a habitar a una mujer que encarna la violencia heredada, el poder ejercido desde el miedo y una rigidez emocional que atraviesa generaciones. Su Mamá Elena no es un monstruo plano, ni siquiera al final. Es, como ella misma la describe, una mujer sin herramientas, forjada por circunstancias extremas. "No le da la vida y tampoco tiene las herramientas para darse cuenta de que quizá sus formas no eran las más amorosas", explica. Al frente de una hacienda, sola, responsable de trabajadores y de tres hijas en un contexto brutal para las mujeres, Mamá Elena se construyó una coraza para sobrevivir. El costo fue altísimo.
La serie, inspirada en la novela de Laura Esquivel, profundiza en la herida central del relato. El trato desigual entre las hermanas no es un capricho narrativo, sino el reflejo de un trauma. Azuela lo dice sin rodeos. "El rechazo hacia Tita tiene que ver con ser el producto de algo impuesto, mientras que Gertrudis nace del amor y de la verdad. Rosaura, en cambio, hereda la tradición y la reproduce sin cuestionarla", explica.
No logra romper el patrón, y es que "toma generaciones romper con esas dinámicas que no funcionan y que nos hacen tanto daño", resume la actriz.
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La temporada 2 amplía ese universo. La historia avanza en el tiempo y en la complejidad emocional de sus personajes, con un reparto coral que vuelve a sostener el peso del melodrama, el realismo mágico y la crítica social. El relato ya no solo se cocina en la intimidad de la cocina o en la represión del deseo, sino en las consecuencias de decisiones que parecían inamovibles. La figura de Mamá Elena, incluso en su deterioro, sigue marcando el ritmo de la casa y de las vidas que intentan escapar de su sombra.
En sus últimos días como Mamá Elena, Irene Azuela vivió la cama no como un espacio de reposo sino como un campo de batalla emocional. "Ya no quería meterme a esa cama", confiesa, recordando jornadas en las que el realismo del rodaje rozaba lo insoportable.
"La gente de utilería decía: entra orines, entra vomitada, entra cianuro... y yo pedía más ojeras, más cansancio", relata, describiendo cómo el cuerpo del personaje se iba apagando mientras su dureza permanecía intacta. La cama se convirtió así en el símbolo final de una mujer atrapada en su propia amargura, un lugar del que Azuela sentía la necesidad urgente de desenterrarse. "¿Cómo le voy a hacer para salir de Mamá Elena?", se preguntaba entonces, consciente de que no bastaba con levantarse del colchón, había que romper con todo lo que ese lecho representaba: control, enfermedad, resentimiento y una vida vivida sin ternura.
@aliciacivita_ Irene Azuela y el exorcismo para dejar atrás a Mamá Elena @HBO Max @HBO Max Latinoamérica #ireneazuela #comoaguaparachocolate
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Para Azuela, interpretar a Mamá Elena fue también un espejo incómodo. "Yo me quedo con el amor por mis hijas. Se me caía la baba verlas trabajar", confiesa, subrayando aquello que el personaje nunca pudo verbalizar, pero que probablemente llevaba dentro. Hay una paradoja que la actriz abraza. Azul Guaita es Tita, Ana Valeria Becerril es Rosaura y
Andrea Chaparro es Gertrudis.
En el set, su presencia imponía silencio, pues decidió ir con el estilo del método, frialdad como Mama Elena. "Me encantaría que eso siguiera sucediendo en mi experiencia como actriz", dice entre risas, consciente del respeto que genera su trabajo, sin necesidad de replicar la dureza del personaje.
El final del rodaje no trajo rituales grandilocuentes. No hubo viaje inmediato ni salto al vacío. "No hice nada. Regresé a mí misma. Me maquillé, cargué a mi hija y dije: soy poderosa y joven y tengo un futuro por delante", relata. Es una frase que funciona como cierre y como declaración de principios. Mamá Elena pertenece a otro siglo, a un sistema que castigaba a las mujeres con menos opciones. Irene Azuela vuelve al siglo XXI, con la certeza de que contar estas historias sigue siendo necesario.
Quizá se anime cuando se emita el último capítulo.
La segunda temporada de Como agua para chocolate no busca redimir a Mamá Elena, pero sí comprenderla. Y en ese matiz, en esa incomodidad que no se resuelve con recetas ni finales felices, está buena parte de su fuerza.
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